Un punto de inflexión en la salvaguardia del Patrimonio Industrial de Avilés (Asturias)
Por Rubén Domínguez Rodríguez, Historiador del Arte

La preservación del patrimonio industrial suscita, en la mayoría de las ocasiones, intensos debates entre la ciudadanía, los técnicos expertos y los responsables políticos o empresarialesSu cercanía temporal, su aparente sencillez estética y la ausencia de una, cada vez más necesaria, labor de didáctica propician un desconocimiento generalizado sobre su importancia capital que impide, a su vez, asumir el legado de la industria como un pilar fundamental de nuestro patrimonio cultural.


La ciudad de Avilés (Asturias) no es ajena a estas discusiones, que afloran en un momento en el que la histórica villa marinera inicia su camino para revertir el gran protagonismo que la industria tuvo desde los albores del pasado siglo. Ésta se vio acentuada en los años cincuenta gracias a las decisiones adoptadas por el Instituto Nacional de Industria (INI), que concluyeron en levantar junto a la ría una magna factoría siderúrgica que llevó por nombre ENSIDESA. Su construcción, nada sencilla por las condiciones cenagosas del terreno, permitió la erección de singulares edificios donde la genialidad de los arquitectos Juan Manuel Cárdenas y Francisco Goicoechea, así como del ingeniero Carlos Fernández Casado, permitió la puesta en marcha de un complejo industrial que, además de por su vertiente productiva, destacó por la artística modernidad de sus instalaciones.
Sin embargo sorprende, cuanto menos, la escasa habilidad de quienes corresponde para gestionar este inmenso legado que, por desgracia, perdemos a un ritmo vertiginoso. Un buen ejemplo de ello es la Azucarera de Villalegre, que tras su efímero uso productivo de finales del siglo XIX cayó en el olvido hasta su derribo en el año 2009, a la espera de nuevos edificios que nunca llegaron a materializarse. Un par de años antes de este hecho los periódicos locales se hacían eco de la llegada de la maquinaria para proceder al derribo de la antigua Central Térmica de ENSIDESA, en un contexto de cierta polémica protagonizado por una plataforma nacida ex profeso para defender su pervivencia.

Traslado de la marquesina
Trabajos previos a su traslado en la ubicación original. Foto: Rubén Domínguez.

La llegada del Centro Cultural Internacional “Óscar Niemeyer” supuso un gran cambio para la ciudad que, a sabiendas o no, ha parecido reproducir en Avilés efectos similares a los que el Guggenheim tuvo para Bilbao. Con una indudable propuesta de regeneración de un espacio sumamente degradado por la actividad industrial, se convirtió en excusa para acometer intervenciones desafortunadas como la que tuvo lugar en la cercana Pescadería Municipal.
Pero, como no todo es negativo, podemos destacar la labor de rehabilitación hecha para recuperar el parque de bomberos de ENSIDESA, que hoy alberga servicios municipales, así como las naves de laminación en caliente de la misma empresa, que continúan su uso industrial en otras manos que han sabido respetar sus valores arquitectónicos. De todas formas constituyen éstos hechos aislados y un futuro incierto se ciñe sobre las instalaciones de la ya desmantelada siderúrgica que, a pesar de estar incluida al completo en el Plan Nacional de Patrimonio Industrial, aún no ha empezado su tramitación para ser declarada Bien de Interés Cultural. Todo parece presagiar un desenlace antagónico a los ejemplares y exitosos proyectos de Zollverein y Völklingen.
Este contexto de desindustrialización no afecta de una manera tan evidente a los elementos patrimoniales de carácter social, desarrollados por las empresas dentro de sus correspondientes políticas paternalistas. Dentro del cuidado proyecto de ENSIDESA es de obligada mención el sobresaliente poblado obrero de Llaranes, diseñado y construido bajo la tutela de los arquitectos anteriormente mencionados. De esta forma un valle cuya subsistencia se basaba en la agricultura, la ganadería y una incipiente industria encabezada por el Martinete del Castañedo de Zaldúa, transformó su paisaje mediante la fundación de un poblado obrero perfecto, heredero de los principios de la ciudad-jardín, que dio cobijo a miles de trabajadores llegados de todos los puntos de la geografía española.
Su planteamiento urbanístico definitivo establece en el centro del conjunto la Plaza Mayor y, en una cota más elevada, la Iglesia Parroquial, construidas ambas en un característico estilo autárquico imperante durante la primera parte de la dictadura franquista. Por su carácter representativo es la arquitectura oficial del Régimen la que se pone de manifiesto con una clara inspiración historicista inspirada en el Monasterio de San Lorenzo del Escorial y en otras obras del arquitecto Juan de Herrera.

Traslado de la marquesina en la calle Gijón de Llaranes, con los gasómetros de
ENSIDESA al fondo. Foto: Daniel Fernández García.

A pesar de ello nos encontramos a mediados de la década de los años cincuenta, en un período en el que la dictadura de Francisco Franco se define como de un mayor aperturismo, también en el ámbito artístico. De esta forma asistimos (y en Llaranes se hace patente) a un renacimiento de
la arquitectura de Movimiento Moderno, tan habitual durante la Segunda República y tan mal vista durante los primeros años del franquismo por estar asociada a ideales contrarios a los oficialmente impuestos y por ser una arquitectura poco identificable con la identidad nacional de nuestro país. En Llaranes se plantearon edificios de sumo interés que, sin embargo, ocupan lugares secundarios tras los edificios de representación pero que constituyen ejemplos de gran belleza y utilidad. Son buenos ejemplos de ello las escuelas de niñas y niños, la bolera de cuatreada, el parque infantil y el antiguo economato.
Las características básicas que asociamos a esta corriente racionalista se basan en el uso del hormigón armado para la construcción de elementos en los que la utilidad y el sentido práctico condicionan toda la obra, huyendo de la decoración y de los elementos superfluos. Dentro de estos parámetros ENSIDESA promovió la edificación de pequeñas construcciones y elementos
del mobiliario urbano con la característica de ser erigidas mediante estructuras prefabricadas pero que, sin embargo, contaron con un componente estético claro a pesar de su rapidez constructiva y de su bajo coste económico. En este contexto, y en un poblado ordenado conforme a una segregación social evidente, las viviendas de los peritos ubicadas en la zona de La Rocica contaron con sendas marquesinas de hormigón para el Tranvía Eléctrico y para la parada del ferrocarril en la zona, dentro de la línea Villabona-San Juan de Nieva.
Ocupándonos de la primera por ser noticia desde hace tres años y por centrar las conclusiones de este artículo, advertimos que estamos ante una obra de considerable tamaño compuesta por cuatro costillas que sostienen un gran voladizo que, por su diseño concreto para el cruce donde se encontraba en la Avenida de Santa Apolonia, evita la entrada del agua de lluvia al interior pero permite el acceso de la luz gracias a unas planchas del mismo material ubicadas en la parte posterior de la marquesina. Todo ello completado con un banco de piedra corrido rematado con tablas de madera pintadas de color blanco.
La polémica surgió en el año 2016 cuando el Ayuntamiento de Avilés planteó, a través de una consulta ciudadana presencial y telemática, las dos opciones que los técnicos barajaban para la reurbanización del cruce donde estaba la obra. Por un lado se propuso un arreglo total del mismo manteniendo la construcción y la distribución originales y, por el otro, el derribo de la visera (con posibilidad de levantar una réplica en otro lugar) y la materialización de una rotonda que evitase los problemas de circulación y que permitiese rediseñar en la zona. En la votación popular participó el 10,1% del censo convocado para la misma, resultando como “vencedora” la opción de la rotonda con el 56% de los votos y la construcción de una réplica de la marquesina con un 63% de los votos y un coste estimado de unos 60.000 euros.
Fue en ese preciso instante cuando tres entidades y colectivos de defensa del patrimonio industrial asturiano (el Club Popular de Cultura “Llaranes”, la revista digital Monsacro y la web Arquitectura de Asturias) lanzaron un comunicado conjunto defendiendo la conservación íntegra de la pieza e iniciaron, días más tarde, una recogida de firmas que se saldó con 1218 en
unas veinticuatro horas. A esta petición se sumaron los apoyos de entidades de gran prestigio como el Departamento de Historia del Arte y Musicología de la Universidad de Oviedo, el Colegio de Arquitectos de Asturias, La Foz del Pielgu, la asociación INCUNA y la Fundación
Docomomo ibérico, que incluyó la marquesina en su reconocido inventario junto a otros cinco inmuebles del barrio de Llaranes. A pesar de no tener protección legal específica, el Servicio de Patrimonio Cultural del Principado de Asturias reconoció su valor como perteneciente a una
época y estilo concretos dentro de las obras promovidas por la Empresa Nacional Siderúrgica, recomendando el mantenimiento de su uso original como medida principal para garantizar su conservación futura.

Con todo este movimiento formado, la mayoría de los partidos políticos que componen la corporación municipal del Ayuntamiento de Avilés acordaron acceder a la propuesta colectiva de estas organizaciones para proceder al traslado de la marquesina original al emplazamiento donde se pretendía ubicar la réplica de nueva factura elegida por los vecinos. Un trabajo que,
tras meses de idas y venidas y tras unas horas de labor mecánica, finalizó con la visera instalada en la calle “río Cares” de Llaranes, en el punto de unión de las viviendas de los obreros y los capataces y manteniendo su uso en una parada del autobús urbano avilesino.
Esta opción del traslado propició la aparición de argumentos favorables y desfavorables al mismo, vertidas en numerosos foros con mayor o menor criterio, pero que por mayoría permitieron proceder a una solución tomada in extremis y de manera extraordinaria, como deben ser este tipo de traslados que propician una descontextualización del bien tan evidente. A pesar de todo se optó por una ubicación dentro del barrio obrero, lo que evita que este hecho sea excesivo.
Se trató de actuación coordinada de la sociedad civil, las asociaciones en defensa del patrimonio, las instituciones científicas y políticas, que permitió que la marquesina de La Rocica no fuese continuadora de una ya tradicional e ineficaz política patrimonial en la ciudad de Avilés. Un quiebro en el camino, lleno de esperanza para una ciudad que debe mirar al futuro sin olvidar su historia (la antigua, la medieval, la moderna y, cómo no, la contemporánea). Una ciudad responsable con los elementos de valor que sus antepasados le legaron y que ahora debe gestionar política y socialmente para que esa importancia sea por todos reconocida.

La marquesina en su nuevo emplazamiento, con la iluminación instalada ex profeso
para la obra. Foto: Rubén Domínguez.

Leave a Reply

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.