De la participación a la coacción

En esos días, la llamada Participación Ciudadana era el attrezzo más importante del teatro de guiñol en que se ya se había convertido la Posmodernidad. Si los hilos eran difíciles de adivinar en la penumbra cultural en que nos habíamos sumido voluntariamente, los decorados y el attrezzo eran, y son, por el contrario, coloristas, brillantes, en ocasiones incluso geniales, hasta el punto de que les permitieron desarrollar argumentos inverosímiles, llegando incluso a dar forma física a algunos de sus delirantes “relatos”. Pocos, por suerte.

Pero… ¿de dónde había salido aquel repentino interés por la gente?¿desde cuando a los arquitectos les importaban un rábano las ideas que pudiera tener el ciudadano común? Pues de la voluntad del llamado “gremio del lápiz” de hacerse con una porción de poder político a resultas de los grandes cambios sociales que el fin de la Era Industrial estaba imponiendo. Hasta entonces, en la Modernidad, los técnicos no tenían muchas cortapisas en su trabajo. Sencillamente, ellos sabían lo que estaba bien, lo que estaba mal, y proyectaban en función de ese criterio. Pero con la Posmodernidad esa certeza se diluyó. No en sentido metafórico, si no físicamente. Ahora la gente podía argumentar en contra de un proyecto, y según quien fuera, su opinión tenía valor. Todo era cuestionable y relativo. Cualquiera podía ser lo que quisiera creer que era, presidente de un gobierno, empresario de éxito,intelectual o incluso ¡urbanista! De manera que el urbanista no le quedó otra que convertirse a su vez en científico social. Y apara eso, tuvo que empezar a razonar según la moda del momento.

Viene a cuento aquí recordar lo que había pasado con la geografía en las décadas anteriores. La Geografía había sido tradicionalmente una descripción edificante de la realidad de un territorio, cuyo objetivo era hacerlo comprensible. Por eso, porque relacionaba el lugar con lo que sucedía de forma aceptablemente objetiva, había resultado extremadamente útil. Pero con la llegada de la Modernidad, la tecnología y el gusto por un pensamiento mas científico, todo lo anterior les pareció poco a los geógrafos del momento poco. Pretendieron reducir la geografía a leyes generales como en la física, leyes que por tanto obrarían de la misma manera en cualquier lugar del Mundo. Se lanzaron de cabeza al cuantitativismo ya los nacientes computadores, y se produjo el conocido como “primer Rapto de la Geografia”, fechado por los franceses (los que menos participaron) hacia 1960 con un famoso dibujo que rememaraba el mítico Rapto de Europa, pero en realidad manifestado con el famoso artículo de Schafer “Exceptionalism in Geography, A methodological examintaion” (1953) en el que pedía convertir la Geografía en una ciencia “normal”.

Librito en castellano que recogió y difundió extraordinariamente el famoso artículo de Schafer que estaba marcando una época en la Geografía… y en el Planeamiento. (U.Barcelona, 1971)

Pero a finales de 70′, la intelectualidad se había radicalizado mucho, y ya empezaba a no creer en Modernidad cuantitativa. Tal vez fue una lástima, porque en ese momento se estaba trabajando bastante con los “estándares” de habitabilidad urbana, que algún resultado positivo habían dado.

Unos pocos años más tarde apareció William Bunge, un curioso personaje que hizo aportaciones interesantes sobre análisis espaciales cuantitativos y que acabó montando la Detroit Geographical Expedition, una de las primeras expresiones de la Participación ciudadana, en una ciudad que acababa de sufrir violentos disturbios raciales y que se vaciaba muy rápidamente. Tal vez no era el lugar más adecuado, pero la idea era buena: dejar que la población local opinara e incluso decidiera el planeamiento de sus barrios.

Bunge en una sesión de Participación Ciudadana en Detroit (1969 Ca). La imagen resulta en extremo sugerente aun cincuenta años después.

Pero los métodos de Bunge fueron considerados demasiado directo s, y fue abandonado por todos, en particular por la naciente aristocracia universitaria de corte radical, encabezada por Harvey, y que ya podemos considerar plenamente Posmoderna. Lo suyo no era actuar, ni predicar. Lo suyo era teorizar para poder irse alejando de la realidad que se había demostrado demasiado rígida e ingrata. Prefirieron crear la llamada geografía critica, básicamente una corriente ideológica centrada en la Ciudad pero manteniéndose a la distancia justa como para criticar sin actuar, porque era mejor dejar eso a los urbanistas de verdad. Ellos se limitarían a criticar todo lo que estos hicieran. Hacia 1977 se fechó un nuevo rapto, con otro famoso dibujo aun menos afortunado que el anterior.

Las representaciones icónicas de los dos “raptos” de la Geografía, el primero por los cuantitativistas en 1967, la segunda por los “críticos” fechada en 1977

Finalmente los nuevos tiempos exigían la participación del los ciudadanos pero… limitada. Si Bunge pretendió en algún momento transferir su metodología a la población local, después a lo mas que se aspiraba era a recoger opiniones.

Había que recoger las voces críticas para integrarlas en el proceso de planeamiento, pero pronto se vio que la cosa no funcionaba por un motivo evidente: ni opiniones, ni creencias y deseos no son buenos materiales de construcción. Variadas y a menudo contrapuestas y excluyentes, difícilmente pueden plasmarse en la realidad de otra manera que no sea la habitual: que cada propietario decida sobre su terreno y las administraciones sobre los espacio comunes. Pero esa es una historia vieja, se llama paisaje y es el resultado de acciones pretéritas y contemporáneas. El intentar poner orden en el paisaje a partir las creencias estéticas de los urbanistas lo que ha conseguido es pavimentado el camino hacia el totalitarismo ilustrado en que se ha convertido el urbanismo en las últimas décadas… pero ya hablaremos de eso en la próxima carta.

Existe, sin embargo, otra posibilidad metodológica: utilizar la Participación Ciudadana para la extraer el conocimiento que la población local atesora sobre su propio territorio. Se trata en realidad de cambiar la escala. Al aumentarla lo suficiente, aparecen los detalles que permiten entender como funciona el territorio.Y para aumentar la escala no basta (como creen algunas gentes) con aumentar la resolución de las imágenes satelitares. Hay que preguntar, hay que entrevistar, y mejor cuanto más próximo sea el entrevistador, porque habrá confianza y la respuesta será más franca, más próxima a la realidad.

Aunque, la verdad, como ya descubrieron nuestros líderes Posmodernos, la verdad, la realidad y la sinceridad eran, sino las enemigas del alma, si al menos las enemigas del urbanista. Cuanto más cierto es el conocimiento de un territorio, mas estrecho es el abanico de actuaciones posibles. Esto es, posibles dentro de la lógica del propio territorio. Es exactamente lo contrario de lo que se buscaba entonces.

Y es de hecho lo que le pasó a Bunge. Veamos: hay un problema enorme en una gran ciudad. Se producen violentos disturbios raciales, parte de la población sencillamente se va, los más ricos. Bunge va a tratar de analizar lo que pasa. entrevistando con proximidad a los que se han quedado, y estos le exponen su punto de vista sincero (suponemos). Bunge trata de incluirlo en el planeamiento y en la dinámica universitaria y… acaba conduciendo un taxi en Canadá, al otro lado del río Detroit. Más que una metáfora, es un cuento moral con validez universal. Porque Bunge, además de comunista era sobre todo cuantitativista. Esto es, buscaba la objetividad. Y nada puede ser más objetivo en el análisis de la realidad urbana que preferir un taxi a una mansión

“Y se reunieron en torno a él, y él les escuchaba” El geógrafo como profeta de un Mundo mejor que debe de existir por ahí.

Advertidos por el ejemplo, profesores de Berkeley (entre los que pronto aparecerá un viejo conocido nuestro) y otras universidades clásicas que ya empezaban a acumular caspa, decidieron que algo habría que inventar si no querían acabar de taxistas o palafraneros, y visto que no quedaba más remedio que preguntar al opinión de los mortales, decidieron emplear dos armas mucho menos peligrosas: las encuestas cuantitativas y las reuniones y mesas redondas con grassroots. La segunda opción es muy interesante, pero a menudo degenera en astroturfing.

Las encuestas cuantitativas son sin duda la peor de las opciones. Las preguntas están necesariamente orientadas a obtener determinadas respuestas, a su vez limitadas a unas pocas y en conjunto, no suelen sino mostrar la ignorancia del investigador respecto al territorio. Los resultados son negligibles, pero afortunadamente, lo normal es que sólo un porcentaje muy pequeño de ciudadanos se moleste en responder cuestiones que, en muchos casos, considera que no le afectan. Sólo en el caso de que el investigador tuviera un conocimiento muy profundo del territorio y de lo que en él acontece, podría elaborar unas preguntas y unas respuestas concisas que permitiesen hacer aflorar opiniones y aun sentimientos al respecto de lo preguntado. Pero es igual, porque en ningún caso se obtendría nuevo conocimiento territorial con ése método.

Las consultas con los grassroots (perdonad pero las traducciones existentes son de juzgado de guardia) son otra cosa, puesto que, aun mediando hostilidad o mala fe, si que nos pueden proporcionar información valiosa sobre el territorio y sus habitantes: también en sus silencios.

ero lo mismo daba en aquel tiempo, porque te tienes que acordar de aquellas mesas redondas simultáneas para hablar del Planeamiento futuro en la antigua comarca minera del Berguedà. Me tocó ser el moderador en una mesa (en la que por cierto estaban dos geógrafos muy conocidos), y el organizador, justo antes de empezar, me pasó un papel escrito y me dijo:

O.  -Estas son las conclusiones de tu mesa
Yo. -Pero... ¡si aun no hemos empezado! 
O.  -Ya, pero es cuando se pone a hablar la gente es muy dispersa. es      mejor que les leas esto al acabar